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    EL BAÑO DE UN CABALLERO

    Hace unos días, tratando de huir de Madrid y sus excesos, fui a parar a la inmensa calma de algún lugar perdido entre Toledo y Ciudad Real, una interminable extensión de olivos y encinas por donde campan jabalíes, corzos y ciervos, bajo el acecho de los cazadores. Es una tierra árida pero hermosa, despejada de la huella del hombre, y todavía a salvo de la cobertura de los móviles.

    El siglo pasado se proyectó allí una vía férrea que conectaba esa zona con Andalucía. Trazaron el recorrido de las vías, cortaron montañas, levantaron puentes y llegaron, incluso, a construir las estaciones, cada una de ellas con su correspondiente plaquita, anunciando el nombre del apeadero. Pero nunca llegaron a construir la vía. Aquella línea de ferrocarriles se quedó obsoleta antes de nacer, tanto tiempo tardaron en construirla. Y allí siguen, en aquel paraje semidesértico y totalmente despoblado, el trazado de la vía, los puentes y las estaciones con sus plaquitas.

    Es en una de esas estaciones perdidas, la de Pilas, donde un hombre peculiar y extraordinario ha construido lo que él llama “mi mundo”. Alto y atlético, adornado por un inequívoco aura de distinción, a pesar de recibirnos en bermudas y playeras, con una camiseta fucsia agujereada. La elegancia de algunos hombres transciende su vestimenta. Previa concesión de Renfe, este hombre ha convertido la estación de Pilas en su hogar, y de una de sus paredes cuelga un enorme retrato de su abuelo, elegantemente vestido y con el que guarda un parecido asombroso, que en su tiempo fue Introductor de Embajadores. En los alrededores de la estación se dedica a criar perdices. Tiene unas cuarenta mil. Con materiales de desguace ha construido un inmenso campo de vuelo para ellas, y un criadero. Produce su propia electricidad y extrae el agua que necesita de algunas charcas cercanas. Todo allí es asombroso. En realidad es un montón de chatarra funcionando en un equilibrio casi imposible. Pero funciona.

    Cuando a la hora de comer entramos en su casa, comprobé que aparentaba tan caótica como la granja de perdices, con montones de cachivaches por todas partes, con un cierto desorden controlado, con todo tipo de objetos y muebles reciclados... Sin embargo, curiosamente, el cuarto de baño era ajeno a ese caos, como si no perteneciese al mismo universo: era amplísimo, con preciosos azulejos, y todo meticulosamente limpio y ordenado. Señal inequívoca de que estábamos ante todo un caballero.