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    LAS ENSEÑANZAS DE JOHN WAYNE

    El campo no es ese paraje bucólico y apacible que los urbanitas soñamos. En mis estancias en el campo, cada vez más frecuentes, me he convencido de que los que lo disfrutan son los que ya llevan su savia en las venas. Los demás lo padecemos. Para una criatura crecida en la aridez del asfalto, es muy difícil aceptar la húmeda exuberancia del campo, su abrazo pegajoso que te pone en contacto con sus inesperados habitantes. La gente campera acepta con naturalidad las hormigas en el bocadillo, la culebra que se escurre entre sus pies o el asedio de las moscas, pero esta es una realidad demasiado viva para los que nos criamos en el cementerio de hormigón.

    A mí el campo me atrae en el fondo con una especie de vértigo irresistible, y por eso voy bastante a menudo con intención de disfrutarlo. Pero una vez allí, mi condición de burguesa callejera choca estrepitosamente con la inhóspita realidad campestre. Y en el embiste, suelo salir bastante malparada. Ayer, sin ir más lejos, se me desbocó un caballo. Lo más cerca que había estado yo de un équido, era cuando me quedaba embobada viendo dar vueltas a los ponis de las ferias. Nunca llegué a montarme, sólo los observaba desde unos prudentes cinco metros de distancia. Pero en esta ocasión alguien me persuadió para subirme a lomos de una yegua.

    En seguida sospeché que en el trato con caballos ocurre lo mismo que en las relaciones de pareja: como el otro sospeche que tiene el poder sobre ti, estás perdido. Mi yegua percibió enseguida que yo no tenía el control de la situación, y no dudó en asumirlo ella misma, tratándome como un fardo cualquiera que llevara en sus lomos. Salió desbocada al galope sin ninguna misericordia para conmigo, y sin atender a ninguna de mis órdenes, sugerencias, súplicas, ni exabruptos. En la frenética carrera, puse en práctica toda mi experiencia adquirida en las películas de cowboys, pero ninguna de las enseñanzas de John Wayne me sirvieron de nada. Sólo cuando, en un intento desesperado y no muy elegante de evitar rodar por los suelos, me abracé fuertemente a su cuello, la yegua se detuvo mansamente. No sé qué diría John Wayne en este caso, pero para mí que esta jaca estaba falta de cariño.